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Resulta un lugar común en la terapia de pareja aquello de “deben mejorar la comunicación, deben expresar sus sentimientos”. Y no cabe la menor duda de que es un buen consejo, ¡Pero qué difícil puede ser ponerlo en práctica!

No fuimos educados para expresar lo que sentimos. Desde el clásico “los hombres no lloran” con el que castraron a la mayoría de los varones hasta el montón de órdenes dadas acerca de cómo deben ser la niñas. Además de todas las convenciones sociales que no nos permiten expresar nuestro enojo, frustración o rabia so pena de tacharnos de “maleducados”.

Así que venimos de años de negar nuestro sentir al mundo entero y de pronto hay la exigencia de expresar mis sentimientos precisamente frente a quién soy más vulnerable: Mi Pareja. Y esto para que la relación funcione.

¿No es toda una paradoja? Para funcionar adecuadamente en sociedad me pidieron que anulara toda conexión con mi sentir. Y ahora que no se sabe ni reconocer la propia emocionalidad, debo estar en capacidad de identificar mis emociones y además comunicarlas asertivamente. ¡Guaooo! ¡Es como mucho!

Y sin embargo sí, esa es la tarea. Es un inmenso desafío, pues como ya señalábamos ni siquiera somos capaces de reconocer y aceptar nuestras propias emociones, mucho menos de comunicarlas de forma asertiva. Pero la comunicación franca, amorosa, desde el corazón es una de las claves para sustentar la relación de pareja.

¿Cómo hacer entonces? Primeramente aceptar que no hay fórmulas mágicas. Que como todas las cosas importantes lleva un proceso, un crecimiento, un aprendizaje.

Comunicarse efectivamente en pareja implica tener primeramente conciencia del amor, del sentimiento, de lo que se guarda en el corazón. Implica salir de “yo pienso” para centrarse en el “siento”.

Yo recomiendo a las parejas que quieren mejorar su comunicación que empiecen por darse mutuamente sesiones de masaje. Que dos o tres veces por semana guarden un tiempo para sólo acariciarse. Para tocar amorosamente el cuerpo del otro. Que más allá de la genitalidad aprendan a reconocerse en la piel. Que aprendan a dar y a recibir caricias. A identificar qué les gusta y qué no tanto. A expresar ese gusto o rechazo, a aceptar la guía y a guiar amorosamente.

Este ejercicio tiene la virtud de generar hormonas vinculadas al placer que favorecen la intimidad, la complicidad y el vínculo amoroso. Permite también tomar conciencia del cuerpo, de las necesidades físicas y emocionales y abre los canales energéticos necesarios para la intimidad.

Energéticamente el corazón de ambos se abre, se hace accesible, se rompe la coraza y se expande. El cambio energético, emocional y hormonal que se genera a partir de esta práctica permite entonces que la comunicación verbal, la conversación, el diálogo y hasta la poesía surja como un manantial de agua clara para refrescar la relación.

 

 

Escrito por:

Isabel Blando

Expertoe

 

 

 






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