Tu hijo: lo mejor de casa
14 mayo, 2019
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Hoy en día experimentamos como individuos modernos una creciente preocupación por la técnica y el atractivo sexual, entendiendo estos aspectos como los pilares indiscutibles para disfrutar de una sexualidad plena. En la realidad práctica, estos mitos no solamente obstaculizan el bienestar en pareja, sino que incluso contribuyen a crear nuevos problemas. La sexualidad es para muchas personas un terreno de ansiedades e inseguridades que los manuales de sexo, las cirugías corporales y las pastillas prometen curar.

Estas ansiedades no son espontáneas, pues habría que considerar que  elementos como el desarrollo de la industria pornográfica, así como la consecuente circulación de manuales técnicos de sexualidad, llevan a las personas a concebir la potencia sexual como un problema enteramente superficial (atractivo físico) e instrumental (técnica). Todo esto para sostener la falsa promesa de que al poseer ambas cosas, se disfrutará de una sexualidad plena y feliz. Naturalmente, el inverso de esta promesa es que si no poseemos el mencionado atractivo físico o un vasto conocimiento técnico-instrumental del ámbito sexual, no podemos ser felices.

Lo que queda ofuscado por este tipo de creencias es que la relación sexual es precisamente eso: una relación. La riqueza subjetiva de las experiencias y las historias que se entrelazan en la sexualidad no puede jamás reducirse a un mero intercambio de caricias y sensaciones físicas sin que estas sean interpretadas por otro ser. El conocimiento de la técnica sexual no es bueno o malo per sé, sino uno de los elementos que las personas aportan a lo que finalmente será un encuentro y una experiencia humana compartida. Entonces habría que darle la vuelta al problema: la buena técnica sexual (saber moverse, tocar, esperar, etcétera) no es lo que nos lleva a disfrutar de una sexualidad plena, sino el resultado de desarrollar con otra persona un vínculo de intimidad a partir del cual podemos crecer y aprender sobre el placer propio y el ajeno.

La intimidad sexual es un misterio para el que nunca estamos preparados, pues aunque la sexualidad nos viene dada con una fuerte carga instintiva, en pocas cosas somos tan diversos como especie.  Disfrutar en conjunto de ella significa transitar siempre un vínculo y para ello no existen manuales, promesas o fórmulas universales. Las personas son diferentes y es en esta diversidad en la que se producen los encuentros y desencuentros amorosos.

Para disfrutar de una sexualidad plena habría que suplantar nuestra creciente obsesión con la técnica y el aspecto físico por una preocupación práctica del conocimiento del sí y del otro. Conocernos a nosotros mismos (nuestro cuerpo, deseos, curiosidades, inseguridades) es lo que nos permitiría abrirnos al encuentro productivo con el cuerpo y la subjetividad ajena. Conocer a la otra persona nos permitirá atenderla, escucharla y eventualmente aprender a disfrutar con ella.

Aprender a conocernos mejor, hacernos responsables de nuestros vínculos y comenzar a relacionarnos de manera más auténtica y saludable con los demás implica un trabajo subjetivo para el que no existen técnicas o pastillas. ¡No hay atajos! Lo único que nos queda es emprender el viaje de crecimiento personal que es la vida y apoyarnos en espacios como la meditación o la terapia para atender responsablemente los problemas.

Escrito por:
Samuel Colmenares

Expertoe

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