


Los conflictos que vivimos en la infancia predicen cómo será nuestra calidad de vida cuando lleguemos a ser adultos. Estas heridas emocionales del pasado influyen de manera directa en nuestras actuaciones del día a día, en cómo afrontamos las adversidades, para qué lo hacemos así y no de otra manera.
Hay cinco heridas emocionales o experiencias dolorosas de la infancia que de una u otra manera han forjado nuestra personalidad y nuestras actuaciones.
La soledad es el peor enemigo de quien vivió el abandono en su infancia. La persona abandonada vive constantemente esa carencia y está en la atención permanente. Se vuelve muy exigente con ella y con lo demás, lo que provoca una reacción de abandono en casi todo, pues nunca se siente satisfecha que lo que recibe del otro, están en constante demanda.
Su estado normal es de queja y solicitud. Son personas que sufren mucho, porque sienten que esa soledad se apodera de ellas.
Esta herida no es fácil de curar. Persiste en el ser humano de manera obstinada y la única forma de aplacarlo es cuando nos damos cuenta de lo que hacemos y cómo lo hacemos, cuando nos empezamos a acompañar a nosotros mismos y a querernos enviándonos mensajes positivos y esperanzadores. Es un darse cuenta constante de todo lo que recibes del exterior y de todo lo que tienes siendo como eres. Esto se consigue de manera muy sencilla, agradeciendo cada día lo que vives, cómo lo vives, con quién lo vives sin juzgar, sin pedir más de lo que te dan, sin exigir. Solo aceptar.
Es una herida muy profunda, pues implica el rechazo a nosotros mismos, a lo que somos, a nuestro interior. Es decir, a nuestras vivencias, pensamientos y sentimientos. Nos desvaloriza y la autoestima está por el suelo. El rechazo de los progenitores, de la familia o de los iguales son los factores que provocan su aparición. Esta herida genera pensamientos de rechazo, de no ser deseado y de descalificación hacia uno mismo, creyendo, de verdad, que todos son mejores que uno mismo.
El miedo a ser rechazado provoca en la persona que lo padece un sentimiento de falta de afecto, de comprensión y para no conectar con ello, se aísla en su vacío interior. Son personas huidizas, desconfiadas, no empáticas y dañinas con ellos mismo y con los demás. Para sanar este sentimiento es necesario trabajar los temores, los miedos internos y las situaciones que nos generan pánico. Trabajar la autoestima y la propia valoración de uno mismo.
Tomando decisiones por ti mismo, arriesgando por lo que tú crees y ocupando tú lugar. La opinión de los demás dejará de importarte, así como sus ausencias.
La humillación se genera cuando recibimos mensajes en la infancia como qué torpes eres, eres malo o pesado, comentan nuestros problemas a los demás invadiendo nuestra intimidad, invaden nuestro espacio, nos desacreditan constantemente, consiguiendo destruir nuestra autoestima infantil. Esta herida nace cuando sentimos la desaprobación del otro y la crítica.
Trabajando la independencia, la comprensión hacia mí mismo y mis prioridades.
Esta herida surge cuando el niño se ha sentido traicionado, frecuentemente, por alguno de sus padres, no cumpliendo sus promesas. Este comportamiento ha generado desconfianza en el niño que se puede transformar en envidia o en otros sentimientos negativos, por no sentirse merecedor de lo prometido y de lo que otros tienen.
Trabajando la paciencia, la tolerancia, el saber vivir, aprender a estar sol@ y a delegar responsabilidades.
Esta herida la provocan los padres, tutores o cuidadores fríos y autoritarios donde al niño se le exige mucho generando sentimientos de ineficacia y de inutilidad. Frases como:
La rigidez es una derivación directa en la conducta de quien lo padece. Estas personas tratan de ser importantes y obtener un gran poder. Probablemente sean fanáticos del orden y del perfeccionismo y sean incapaces de tomar decisiones con seguridad.
Trabajando la desconfianza, la rigidez mental conseguirás generar mayor flexibilidad en tus pensamientos y confiar en los demás.
Escrito por: Felicidad García
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